El AIRE ACONNDICIONADO
La noche más triste de todas las tragedias que ha de sobrevivir un ser humano, no cualquiera y si de clase media jodida y de esos que no son y se las dan de esto, es aquella cuàndo al final del día, las paredes retorcidas por el escarmiento del sol, llegas a tu casa cargado de peroles, bolsas, y, para más, ese día insòlito decidistes comprar agua y hoy pesan más que nunca los galones que las decenas y pico de años que apenas a rastras puedes llevar: sientes el crujir de las rodillas cuándo subes aquellos escalones que parecen montañas, cuàndo no estorbos insalvables hasta el lejano tercer piso , porque ya están trémulas como para vivir sin el cómodo ascensor. Lo peor es pasar pena ajena temiendo despertar a los vecinos con el crepitar del aliento perdido y el vaho que empaña los cristales de miope te obliga a un paso lento por el pasillo que te conduce a tu morada amable y de recóndito placeres. La impaciencia cunde y el desespero está allí: no...









