LA VIDA como NEGOCIO.
LA VIDA como NEGOCIO
(.... o la vida del señor Bello Dominguez contada rapidito..)
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Érase una vez un vendedor llamado Bello Dominguez , que había trabajado dura y honestamente para su empresa recorriendo las tierras planas y aridas orientales de Guanipa, ya saben uds: aquéllas tierras pobladas de balancines y tanques de petróleo cruzadas por larguísimas carreteras por donde se viaja raudo, y veloz, custodiadas de un lado por tubos marrones herrumbrados que como culebras trepan buscando el mar e interrumpidas en su destino por válvulas pintadas de plata salpicadas de negro bitumen y, a veces, tropieza la vista con parafernalias de bombeo, dónde no hay nunca nadie, que extendidas en aquél llano infinito de sábanas ocres en verano y verdes en invierno se manchan a lo lejos con palmeras de moriche, matas de mango y merey sobre las que nubes negras, como una ofrenda, dejan caer chubascos de petricor.
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| Oleoducto, todos van al mar. |
No había rincón que Bello Dominguez no hubiera escudriñado y dónde no le reconocieran su servicio y talento pues amigos y clientes a montón le sobraban pero siempre terminaba corto de bolsillo permaneciendo en la situación popular de "mamando y loco": buscando para completar y honrar las deudas de fin de semana o como, que no!, siempre del mes.
Cosas que le venían a la mente recurrentemente y pensaba en aquéllos momentos de carencia y, pero, cuándo el agite y la zozobra diaria amainaba, entonces el temple le hablaba así de esta manera altisonante:
“Ocupados como estamos desde carajito trabajando negocio ajeno -pensaba a menudo- y siempre los vendedores debemos morir como vivimos, sin nada propio. Las cosas serían diferentes si tuviéramos nuestra propio negocito”
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| Repuestero |
Ahora bien, cerca del barrio desde donde Bello Dominguez tenía su casa - cruzando la calle y al lado de la bomba de gasolina - vivía un anciano, decrépito y abandonado a su suerte, de carnes escasas que le colgaban en el propio hueso; tenía como morada una pequeña casita de bahareque y puertas de madera carcomidos por el sol y el tiempo, dos ventanas que daban a la calle servían de entrada de aire y cubiertas con trapos para evitar la resolana - achinchorrados en un alambre que lo sostenía de un extremo al otro servían de cortina ocasionando un ruido seco en la habitacion al blandir al paso del viento caliente de la sabana - dando un aspecto ruin; y estaba aquélla morada humilde rodeada por matas de mango en el patio que daban un aspecto de frescura y verdor en la sábana lontana y árida tierra que alguna vez fue una finca y ya sólo sobrevive la casita rodeada, apenas, con escasos 400 metros - cubiertos de fierros y esqueletos de hierro en derredor que langidecian en espera de una ansiada oportunidad de venta - y, quién de ustedes?: no ha visto puntas de eje apretujada con transmisiones de camiones, llevando sol y lluvia debajo de una mata junto con un oxidado ring 15? - ; y disponía aquélla casa de un frente con la mejor ubicación mirando al vecino aeropuerto que se encontraba al cruzar la calle asfaltada pero colmada de huecos y baches; montada en la orilla de la carretera y dispuesto con un terraplén en su frente que le servía de acomodo de carros; y la bomba de gasolina cercana prometía un mundo de clientes.
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| Mango |
Unos días de lluvia y calor, un chubasco con fanfarria fúnebre, de ésos sofocantes que abundan en Guanipa, se llevaron al anciano, decrépito y abandonado a su suerte y en el propio hueso; y se difundió la noticia de que el nieto vendería la pequeña casita de bahareque y puertas de madera carcomidos por el sol y el tiempo, con matas de mango en el patio que daban fresco y verdor en aquélla lontana y árida tierra.
Bello Dominguez oyó que un vecino suyo compraría algo cómo 200 metros y que el nieto había consentido en aceptar la mitad en efectivo y esperar un año por la otra mitad.
“Qué te parece -pensó Bello Dominguez - Esa casita se vende, y yo no la puedo comprar.”
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Así que decidió hablar con su esposa.
-El vecino está comprando, y nosotros también debemos comprar lo que queda para montar allí nuestro propio negocio; un detal de repuestos o un cambio de aceite. La cosa se vuelve imposible sin tener nada propio con lo que podamos vivir bien.
Mientras esto decia a su mujer, que lo miraba sin inmutarse a causa de la idea loca de su marido, señalaba con la vista al piso de tierra apisonado y las cuatro silletas de cuero que ampliamente se acomodaban alrededor de una mesa rectangular de patas cortadas a machete de un palo de guataparo; completaba el cuadro de la sala un aripo colocado al centro de la mesa donde reposaban unas llaves sujetas con un guaral a una lata de Pepsi cola y un bolígrafo exhausto de plàstico.Despues por añadidura estaba un socáte que pendía de un hilo de cable tieso - cagado de moscas - desde el techo de zinc, empalmado con un teipe negro tostado por el calor y sobre el cual se mecia al compás del viento un bombillo para iluminar al aripo.
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Se pusieron a pensar y empezaron a echar nú meros de cuánto podrían reunir.
Al principio una gran desilusión pues no había con qué: los reales no se estiraban a pesar del esfuerzo en sumar y agregar vainas. Las cuentas empezaron a darse cuando le echaron cabeza y pensaron en las cosas que mas les costaba desprenderse, la que le habia dedicado tanto trabajo y dedicación.
La casa, si la casa, era lo más valioso y cuidado si lo que más aportaría al proyecto de negocio de Bello Dominguez; más que casa era un rancho a medio terminar, construida emergente sobre una parcela invadida detrás de una cuneta de la carretera vieja hacia Boca e'Tigre y una ceiba detras colmaba el entorno con su sombra; con cuatro paredes de bloque gris sin frisar, un tabique separaba el cuarto de los padres de aquél de los muchachos y una salita que era el orgullo de la familia componía aquélla modesta casa de techos de zinc.
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| Moriche |
La mujer empezó a preocuparse con cosas como:
Dónde vivirían?, dónde dormirán los dos muchachos;
Y si la vaina no sale bien?.Y si nos jodemos por ambiciosos!.....
Tenían años trabajando en armar la casa, fines de semana batiendo cemento y pegando bloques, navidades sin estreno y, pero, el techo de zinc ? Era eso lo que más echarían de menos por su contenido espiritual: Que cuando caían las primeras gotas de agua en el invierno entonaba , el techo de zinc, la canción del Anima de Guanipa con acordes metálicos.
! Ave Maria, purísima!
Y todo para terminar en la calle? La mujer empezó a dudar del buen juicio de su marido y esa noche Bello Dominguez durmió en la hamaca y ella en el catre. Cada uno durmió con su pesar como pudo.
"Ya la suerte está echada", se dijo en la mañanita apenas salió el sol - sentenciando Bello Dominguez- y
se repetía lo mismo como un mantra hasta que empezó a comer una hermosa arepa con margarina para que resbalara lubricada y un huevo frito de relleno, completo el desayuno una tasa de café negro humeante, recién colado que lo obligó a vertir dos veces en el posillo para enfriarlo y poderlo beber.
Decidieron vender su humilde casa por unos reales que tampoco llegaban a sumar gran cosa.
Un dinerito ahorrado durante mucho tiempo - a duras penas - como 170 dólares que habían dispuesto para acomodar la casa y echar el piso, quizás de para una poceta.
Después, remataron el viejo carro Celebrety por unos 600 dólares ( que más que carro era una carga pues era una llaga) y líquidó - como se pudo - unos repuestos herrumbrosos junto con cachivaches periclitados de medio uso que había alcanzado amontonar en el patio; después al hijo mayor lo colocaron en la bomba del compadre a trabajar y - en la primera oportunidad - al rato con la confianza que le tenían pidieron anticipos sobre el sueldo.
Pidieron prestado el resto a un cuñado y un amigo del compadre les dio unos reales por la sortija de matrimonio de la mujer en empeño, y así juntaron la mitad del dinero de la compra. Después de eso, Bello Dominguez , tomo bríos y fue hablar con el nieto que estaba desesperado por billete y decidió echarse al agua - sea lo que Dios, quiera: murmuró mientras caminaba tremulo -y compro la pequeña casita de bahareque y puertas de madera carcomidos por el sol y el tiempo, con matas de mango en el patio que daban fresco. La otra mitad pagadero, según el compromiso, para dentro de un año.
Como pudo arreglo aquélla casita con una pintura blanca, cal blanca sería?, y le coloco unas rayas - dos rayas paralelas y una estrellitas de buena suerte dejo entrever - azules a lo largo del frente para después colgar avisos de aceite Shell, Castrol y bujías Champion, a pesar de que no las tenía aún.
La humilde mesa de su casa paso a ser mostrador y el aripo siguió con su exhausto bolígrafo de plástico dando bríos de prospero negocio.Remato el aspecto del incipiente local invocando favores santos: con una estampita de la Virgen de la Candelaria que la coloco en lugar visible, con el tiempo le colocaría una velita encendida, así estaría protegido por la patrona del pueblo.
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Llamó a todos los vendedores, complices estos del proyecto de Bello Dominguez, que lo conocían desde hace mucho rato, y les pidió mercancía fiada y así se hizo de varias pailas de aceite mineral, unos pocos filtros también de aceite, liquido de freno y unos cuántos accesorios extras y que, más de seguro, se venderían bien por estar cerca de la bomba.
Carro que llegaba, de seguro, Bello Dominguez lo jorungaba, se arrastraba con un cartón por debajo, y lleno de grasa la cara y manos caladas de negro aceite reparaba lo que fuera; cuándo cambiaba el aceite revisaba otros detalles para ofrecer lo que tenía disponible; no había precio para el servicio ni mano de obra que se cobrará: pues su negocio era vender, no otro y la tranquilidad del buen servicio.
Se llamaba el incipiente negocio "La Mata de Mango ", así había colocado el nombre con gruesas letras a brocha gorda de color azul en el portal del patio para honrar la frondosa mata de mango que se distinguía de lejos y servía de referencia rápida, y el negocio arrancó de la nada y poco a poco con el tenaz esfuerzo de Bello Dominguez y su mujer - lo demás lo hizo el tiempo - se convirtió en lugar preferido para los "por puesto" que pululaban enfrente del aeropuerto; nadie se quedaba sin resolver pues lo que no tenía lo buscaba y lo que no encontraba lo ofrecía para el otro día pues contaba con la complicidad de los vendedores que hacían del incipiente negocio su lugar de descanso y reunión antes de arrancar la jornada: café y arepitas fritas dulce amasadas con anis siempre había pa'todos e hicieron de aquél negocio incipiente algo como el propio nido al que había que cuidar y consentir.Asi de está manera nunca faltó nada de lo buscado y ofrecido a los clientes que complacidos, todos, llenaban y traían más conocidos taxistas que acampaban debajo de la mata de mango con sus arepitas fritas con queso y anis.
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Así que ahora Bello Dominguez tenía su propio negocio. Al cabo de un año de rudo pergeñar había logrado saldar sus deudas con el nieto y su cuñado.El anillo de matrimonio empeñado se perdió con el tiempo, pero juro comprar uno más lindo y más pesado de oro más amarillo.
Así se convirtió en comerciante, y compraba y vendía que daba gusto, y primero acomodó el lugar con un ventilador, y después vino el aire acondicionado; y empotró un largo mostrador de madera cubierto con una goma negra a lo largo y ancho del incipiente negocio para que los clientes pusieran las muestras de lo que necesitaba.
Amplia exhibición colgaba de las paredes pendidos de alambre de encofrar, retorcidos reiteradamente, y cubrían por encima del mostrador rejas repletas con gomas para tripoides sujetas con tirrak, con ésto y aquéllo: como estoperas y diafragmas; desde bombillos hasta sensores pasando por prestar la llaves y alicates; que todos veían a su placer y sabian todos que lo había y no se irían sin resolver.
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Cuándo salía a la puerta del negocio el corazón se le llenaba de alegría. Los carros ya no tenían lugar de tantos que llegaban al terraplen y le parecía su negocio tan diferente al de las de otras partes. Antes, cuándo cruzaba por delante de la casita de bahareque, le parecía igual a cualquier otra, pero ahora le parecía muy distinta: "La Mata de Mango" era próspera y empezó a llamarse coloquialmente "La Mata ", cuándo se referían con cariño al lugar donde hay lo que se busca.
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Un día Bello Dominguez estaba atendiendo en el largo mostrador, tapizado con la goma negra, cuándo un viajero se detuvo en la puerta del negocio ofreciendo cosas como pilas de gasolina y fusibles.Bello Dominguez le saludó afablemente y le convido a tomarse un café, humeante que inundó el sitio con su aroma , y le acompaño con una arepa dulce frita amasada de queso y anís; Bello Dominguez le preguntó de dónde venía, y el viajero respondió que venía de Barcelona, de un sitio llamado Barrio Sucre dónde había estado trabajando, las ventas y cobros: supimos entender.
Una palabra llevó a la otra, y el hombre comentó que había buenos negocios y que la calle se llenaba todos los días de gente comprando y buscando repuestos, un bululú pues, y que no se daban abasto los comerciante pues los clientes llegaban de todas partes allende del tiempo y la distancia: Maturín, Puerto Ordaz, de Cumaná y en fin que aquéllo estaba faltó de gente emprendedora que supiera llevar bien el negocio para, que en poco tiempo,hacerse muy rico.
Comentó, para darle casquillo, que un boxeador, mutado en mecánico, de El Tigre había trabajado duro sólo con sus manos, y ahora tenía 2 negocios.
El corazón de Bello Dominguez se colmó de anhelo.
“¿Por qué he de sufrir en este hueco -pensó- si se trabaja tan bien en otras partes? Venderé mi negocio y mi casa, y con el dinero comenzaré allá de nuevo y tendré todo mejor y más grande”.
Bello Dominguez vendió su negocio, su casa y su mata de mango, con buenas ganancias, y se mudó con su familia al Barrio Sucre, en la próspera y rica Barcelona. Todo lo que había dicho el viajero era cierto, y Bello Dominguez estaba en mucha mejor posición que antes.Arrendo un local con buena ubicación, y pudo tener más mercancía y depósitos tan grandes como algún día pudo desear en su nimia vida.
Al principio, en el ajetreo de la mudanza y la consolidación de la vaina, Bello Dominguez se sentía complacido, pero cuando se habituó comenzó a pensar que tampoco aquí estaba satisfecho. Quería vender más repuestos, más y de todo, ser más grande pero no tenía local suficiente para ello, así que arrendó otro local contiguo - más amplio y cómodo - por tres años. Fueron buenas ventas y hubo buenas ganancias, así que Julián Segundo ahorró dinero que pronto se convertía en más mercancia.
Podría haber seguido viviendo cómodamente, pero se cansó de arrendar locales ajenos todos los años, y de sufrir privaciones para ahorrar el dinero y pagar, y pagar siempre, deudas y fiados.
“Si todas estos locales fueran míos -pensó-, sería independiente y no sufriría estas incomodidades de tener que pagar tanto en arriendo.”
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Con la idea, entre ceja y ceja, más lo necio y perseverante que era por naturaleza, de comprar el local que tenía arrendado en Barrio Sucre se trazó una estrategia.
Se hizo amigo entrañable del dueño,lo lisonjo por demás, lo consentía y le adulaba en extremo y no había nada que Bello Dominguez hiciera por mantenerlo contento.
Así las vainas......
Aprovecho un viernes, último de mes, para reunirse con él en el restaurant Danubio Azul, en la esquina de la calle Sucre que daba a la calle Guayaquil. Comieron pollo guisado, guisantes y papas, arroz acompañados de plátanos fritos. Quedaron satisfechos, celebrando estaban y la alegria que comenzó en la tripa subio para la cabeza. Ya empezaba a oscurecer la tarde, otorgando complicidad a Bello Dominguez, cuando pidieron dos cervezas y sonaba un bolero pegajoso de Julio Jaramillo: de esos de amor no correspondido. La ocasión pedía a gritos cerveza, más aun. Un trago más y otro,después otro siguiente, y abrazados como estaban y riéndose de las vainas Bello Dominguez le tiró la oferta encubierta con un reto.
- Tu no estás para estos trotes- le dijo con voz de pendejo humilde y continuó con estas palabras: "Tus años, bien vividos, merecen que disfrutes la vida , que te queda si no es vivir sin prisa"
Pausadamente y taimadamente volvió a la carga: " tu no estás para estos trotes - con los reales que puedas hacer vendiendo los locales.Vive, vive"
Brindo por la vida - grito seguidamente en acto compulsivo, Bello Dominguez - y levanto la cerveza por encima del codo para subirla después hasta mas arriba de la cabeza y la vacío de un solo trago en aquel gaznate, haciendo alarde de seguridad plena .
En dos meses se hizo de los locales y durante esos 60 largos días toda la venta y cobranza efectuada fue a parar a la inicial de la compra de los locales, lo demás lo cancelo en 24 cómodas cuotas al Banco Unión, y los proveedores se aguantaron la arrechera que pasaron por no cobrar un mísero Bolivar.
Bello Dominguez se las sabía todas, quedó rayado por un tiempo pero el negocio marchó sin pena y ni gloria.
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Un día un vendedor de bienes raíces que pasaba buscando un repuesto le comentó que acababa de regresar de Caracas, dónde había negociado seiscientos metros de galpón por poco dinero en el mejor sitio de repuestos en Caracas, negociado el crédito, y que sólo es acercarse y ablandar al vendedor del local que quieres con dinero, con plata, pedir el crédito al banco y trabajar duro.
-Sólo debes hacerte amigo de la gente del banco -dijo- Yo regalé unos cauchos a uno y , a otro, una batería , además de una caja de whisky , y otra de vino a quienes lo bebían, y obtuve el crédito por una bicoca.
“Vaya - pensó Bello Dominguez - así puedo hacer diez veces más grande el negocio de lo que poseo. Debo probar suerte."
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Después de recorrer las zonas de repuestos de Caracas, con todo entusiasmo buscando como abrirse con su proyecto de local propio pero solo encontró terrenos baldíos llenos de basura y escombros- cercados con parapetos - o casas viejas derruidas que servían a indigentes y hediondo a loco por la acumulacion de excretas como morada de pernocta y que con cierto esfuerzo podría negociar a un buen precio pues parecían abandonadas y el dueño aceptaría librarse de aquélla penuria.
Decidiose por un terreno entre las esquinas de Gordo a Coliseo junto con la casita de adobe coronada con el antiguo techo de caña brava y, eso quedaba, en plena entraña de aquél sector repuestero que era Quinta Crespo, en Caracas, la de aquellos días.
En su imaginación veía aquello como una película a todo color pasar como un ensueño que pronto seria tan real: se imaginaba derrumbando casa viejas, cemento y cabillas pasar, puertas Santamaría abrirse y cerrar , y no le quitaba el ojo a decenas de estantes futuros repletas de mercancía y, en su delirio, veía un mostrador - como nunca - pero tan real que era " de granito azul oscuro con bordes ribeteados de rojo carmesi"; escuchaba ya: las caja registradora sonando y contando real; los dependientes en ir y venir con repuestos de todo tipo para cualquier carro y él desde arriba - en su oficina elegante de paños y alfombras - en su acomodada y fina silla ejecutiva observando todo con cámaras vigilantes.
No podía cerrar los ojos sin que se repitiera el mismo sueño, día tras día, y que de a poco se fue transformando en obsesión perturbadora de su ánimo que se exacerba con cada fantasía onirica.
Tanto soñaba que se paraba a medio dormir, de madrugada, desvelabase hasta demacrarse durante semanas, para sentirse como acomodando el estante o arrimar cajas para allá y aca, daba instrucciones y reacomodaba todo poniendo aquello justo en el estante que debía estar; luego se recostaba en su silla fina ejecutiva a todo lo largo y se complacía tanto que lloraba de gozo y gusto, temblaba de los nervios de la impaciencia de realizar todo aquello, no veía el dia: solo así podía conciliar nuevamente el sueño una vez arreglada la fantasía que le preocupaba.
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