CRONICAS DE GUANIPA
ERA PRECARIA
( Parte uno )
Eran las mejores ventas, eran las peores cobranzas; era una pérdida de tiempo y a la vez se ganaba tiempo; eran tiempos de mentira y de la verdad; era la época que estaba todo verde y de las cenizas ocres; íbamos derechito al Cielo y entrábamos al Infierno de cabeza; eran días del desden y días de compromiso; había claridad pero solo veiamos tinieblas: eran unos días tan diferentes de lo que habíamos conocido antes en nuestras vidas, que en opinión de los eruditos respetables y reconocidos, solo podíamos referirnos a estos días como días grandiosos, tanto para bien como para mal
Era el Diablo y Dios en una sola entidad.
Eran tiempos de días precarios.
Era la época de un gobierno que se jactaba de mandar en nombre del pueblo y el poder se ejercía sermoneando entelequias semejantes a las de curas que habitaban pueblos reconditos, en algún lugar del monte, donde aún quedaba gente que le prestaba atención a sacrificios pendientes, inmolaciones, martirios que esperan, y esas cosas que tendrían recompensa después y "después nunca se sabe" pues el Paraíso Patrio solo existía en esos días en palabras vanas: escuchabas aquellas soflamas encendidas, el verbo reverberaba, promesas que morían en el espíritu ingenuo, y no podías distinguir entre fantasía cierta o realidad imaginada; era lo que podía ser y no es; era la mentira con sisaña inculcada con peroratas infames con que incriminaban a enemigos construidos que acechaban para devorar los logros que el gobierno realizaba con ahínco como estás vainas - les cuento - "El petróleo es del Pueblo" o " Ferrocarriles que irían de Barinas a Guanipa" o se barrunta la realidad mágica al ver cientos de esqueletos de concreto con los brazos abiertos pidiendo misericordia del "Metro de Guarenas/Guatire", patrañas que se ven al recorrer ese tramo de la intercomunal.
El epilogo de aquélla absurda falacia y teatro era una propina, más bien limosna, que tomaba forma milagrosamente corpórea en una bolsa de bastimento, en las más de las veces, o en una dádiva pecuniaria miserable. Un verdadero zafarrancho
Era el Diablo y Dios en uno solo entidad.
Eran tiempos de días precarios.
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QUIEN ES el bello DOMINGUEZ?
Érase una vez un vendedor llamado el bello Dominguez, que había trabajado dura y honestamente para su empresa recorriendo las tierras planas y aridas orientales de Guanipa, ya saben uds: aquéllas tierras pobladas de balancines y tanques de petróleo cruzadas por larguísimas carreteras por donde se viaja raudo, y veloz, custodiadas de un lado por tubos marrones herrumbrados que como culebras trepan buscando el mar e interrumpidas en su destino por válvulas pintadas de plata salpicadas de negro bitumen y, a veces, tropieza la vista con parafernalias de bombeo, dónde no hay nunca nadie, que extendidas en aquél llano infinito de sábanas ocres en verano y verdes en invierno se manchan a lo lejos con palmeras de moriche, matas de mango y merey sobre las que nubes negras, como una ofrenda, dejan caer chubascos de petricor.
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| Oleoducto, todos van al mar. |
No había rincón que el bello Dominguez no hubiera escudriñado y dónde no le reconocieran su servicio y talento pues amigos y clientes a montón le sobraban pero siempre terminaba corto de bolsillo permaneciendo en la situación dramática de "mamando y loco": buscando para completar y honrar las deudas de fin de semana o como, y que no!, siempre del mes.
el bello Dominguez
Era por aquellos días, y debo hacer= un esfuerzo para no confundir el antes y el después, y me refiero a cuando él comenzaba a incursionar en las ventas y se saboteaba tanto asimismo que costaba trabajo adjudicarle éxito alguno: joven y maizeado, un hombre elegante, buen mozo y no había mujer que le dijera que no cuando de bailar se trataba cuando tocaban "Samba pa'ti".
El remoquete de "bello" le vino bien - casi que con las primeras canas y el Ford Sierra 280 LS - cuando sus clientes eran seducidos por su natural encanto físico y mental: no había cobro que no fuera una autentica seducción, era erotismo puro. Han pasado muchos lustros desde aquellos días y los cambios llegaron.
Hoy, asombrosamente consumido por la vida que le pasó con tanta prisa que ni cuenta se dio ya que le habian sorprendido los años acumulados; tenía más de los que podia soportar y su aspecto no difería mucho de aquello que llaman estar en hueso. Era más bien alto pues sobresalía de cualquier grupo por una media cabeza que le daba más vista que los demás.
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| ..el bello Dominguez |
Flaco, seco y más bien macilento, de ojos azules del mar de Pertigalete, boca livida, mentón prominente y nariz larga.
Padecia del cáncer de piel benigno, que se le prodigaba en miles de pecas por el pecho y le invadía la frente, propio de la gente del mar donde había pasado su infancia.
Velludo con cerdas finas largas, que tejian sortijas en el antebrazo y que alguna vez fueron catire y ahora daban una triste impresión a un gris acerado enredados con hilos blancos y cuándo se asomaban a la palma de la mano delataban los dedos huesudos bajo la piel que terminaban por llegar a uñas delgadas que remataban con un fino cordón de tierra imperceptible; sobré todo destacaban unos nudos en la coyuntura de la muñeca fornida que dan cuenta de la falta de carne pero vigorosas aún.
De espalda recta que arrancaba desde un grueso collar de arrugas flácidas en el cuello y terminaba cansado en un culo dónde el pantalón hace de cortina ondeando en la parte superior de los muslos por causa del aire que sopla al mover las canillas en rápido vaivén como un remolino..
EL DILEMA DE bello Dominguez
Por cosas que le venian a la mente recurrentemente, fustigando su pensamiento, en aquéllos momentos de carencia crónica y, pero, cuándo el agite y la zozobra diaria amainaba a la sombra de un tiempito libre y un cigarrito de esos que se fuman apaciguadamente y se lleva en el humo la ilusión del día consumido y aparece la ansiedad de mañana en el culito de la colilla, entonces el temple le hablaba así de esta manera altisonante:
“Ocupados como estamos desde carajito trabajando negocio ajeno -pensaba a menudo- y siempre los vendedores debemos morir como vivimos, sin nada propio. Las cosas serían diferentes si tuviéramos nuestra propio negocito”
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| Repuestero |
Ahora bien, cerca del barrio desde donde el bello Dominguez tenía su casa - cruzando la calle y al lado de la bomba de gasolina - un anciano, decrépito y abandonado a su suerte, de carnes escasas que le colgaban en el propio hueso; tenía como morada una pequeña casita de bahareque y puertas de madera carcomidos por el sol y el tiempo, dos ventanas que daban a la calle servían de entrada de aire que permanecían cubiertas con trapos para evitar la resolana - de lejos estos estaban achinchorrados en un alambre que lo sostenía de un extremo al otro servían de cortina ocasionando un ruido seco en la habitacion al blandir al paso del viento caliente de la sabana - dando un aspecto ruin y miserable; y estaba aquélla morada humilde rodeada por matas de mango en el patio que daban un aspecto de frescura y verdor en la sábana lontana y árida tierra que alguna vez fue una finca y ya sólo sobrevive la casita rodeada, apenas, con escasos 400 metros - cubiertos de fierros y esqueletos de hierro en derredor que langidecian en espera de una ansiada oportunidad de venta - y, quién de ustedes?: no ha visto puntas de eje apretujada con transmisiones de camiones, llevando sol y lluvia debajo de una mata junto con un oxidado ring 15? - ; y disponía aquélla casa de un frente con la mejor ubicación mirando al vecino aeropuerto que se encontraba al cruzar la calle asfaltada pero colmada de huecos y baches; pero lo que más le gustaba a Bello Dominguez era la ubicacion estratégica para su ambición comercial pues estaba montada en la orilla de la carretera y dispuesto con un terraplén en su frente que le servía de acomodo de carros y la bomba de gasolina cercana prometía un mundo de clientes.
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| Mango |
Unos de esos días de lluvia y calor cayo un chubasco como una fanfarria fúnebre sobre el tejado que por la bulla y el escándalo recordaba el cuento de miedo de la vieja Tia Blanca que nos contaba cuando se iba la luz: << cuando los perros ladran en el techo " ujum, hay un muerto en la familia" >>, le decía a los sobrinos que cagados de espanto la miraban desde un escondite; eran de ésos aguaceros sofocantes que abundan en en Guanipa con gotas frías que mojan la tierra caliente y seca dejando el olor a petricor que inundó, está vez, la estancia de la pequeña casita de bahareque y puertas de madera carcomidos por el sol. El petricor de propagó por toda casa inundando la sala, las habitaciones con su tabique de carton y reptando entre las sillas se difundió como una niebla inerte buscando el camino del más allá y abrazo en su huida al anciano llevandoselo envuelto entre el calor y las nubes de vapor; como nadie le daba vueltas al viejo - por limpio y gruñón - cuando lo encontraron ya estaba podrido y con el vientre abombado por los tres días que pasaron desde que sintió el coñazo en el pecho: reposaba el ya flácido cuerpo acostado en una hamaca con los ojos abiertos y en el piso los anillos blancos que deja la orina - cuando se seca - al aflojar la vejiga del difunto y sirvieron de merienda a las aventajadas chiripas; el escaso cabello blanco causo espantó dando la impresión de haber crecido sobre la piel verdosa del cráneo y solo en la cara asumía, más bien, un color gris con los pómulos azules hirsutos; la boca morada mordia aún, entre las encias vacias, lo que quedaba de un tabaco guacharo seco que dejó caer las cenizas en gruesas conchas sobre una hoja de papel mugrienta, ajada, y ya amarilla por el tiempo dónde se podía leer su ultimo deseo en letra cursiva con trazos firmes y precisos de amanuense:
Me muero por querer morir ,
a voluntad propia hoy,
que querer hombre vivir
cuando Dios quiere que muera
es de locura.
Después se encontró al reverso de la hoja ajada y amarilla, este mensaje :
" El primero que me encuentre muerto le dejo la casa".
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General Nicolás Rolando
Era su testamento y daba cuenta de las pocas cosas personales que le acompañaron al terminar su nimia existencia: la hamaca de moriche remendada con hilo de alpargata, una foto antigua desteñida de un señor con bigote de traje oscuro y corbatín de lazo, un machete y un garabato, una mascada pendiente, un mapire con una cuchara de palo en su interior y más adentro un trapo amuñuñado que anudaba una esfinge metalica - desgastada por tantos ruegos - de la Virgen del Valle, luego unas medias totumas y una ropa vieja que había que botarse junto con el recuerdo de su aparente efímera vida.Eso era el resto de su vida que contaba la historia de aquél anciano decrepito en aquellos corotos que dejaba.
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| garabato de palo guayaba |
Venancio Chanchamire, era el nombre de nuestro olvidado anciano decrepito, pero era mejor conocido en aquellas sábanas hirsutas de chaparro como el Tigre de Chamariapa: glorioso apelativo que hacía honor a su valentía y arrojo durante la campaña de la Revolución Libertadora, por allá en los tiempos en los cuales los tranquilos y mansos vecinos de nuestros pueblos y villorios se aburrian de las tradicionales hábitos como eso de hacer muchachos o correr detrás de las criadas, o alardear con las putas nuevas de Madame Rosa en El Tartagal, y se espabilaban con fábulas de héroes, guerreros y proezas, entre el calor sofocante y la modorra que les causaba hacer todo los días la misma vaina sin que la cotidianidad les perturbara ver crecer el pasto y engordar el ganado: decidían ser caudillos regionales, que es como decir ser guerrero o héroe amateur, y revivir las añoranzas que despertaba la romántica fabula de Venezuela Heroica que cantaba el poeta Eduardo Blanco:
_"De cada cepa de yerba parecía haber brotado un hombre y un caballo. De cada bosque, como fieras acosadas por el incendio, surgían legiones armadas, prestas a combatir. Los ríos, los caños, los torrentes que cruzan las llanuras, aparecen erizados de lanzas y arrojan a sus riberas tropel innúmero de escuadrones salvajes, capaces de competir con los antiguos centauros."
La vaina se puso color de hormiga cuando a Manuel Antonio y a Velutini desde el mismísimo gobierno le pidieron centavos prestados - "sin garantías" es lo que pensó el atinado Manuel Antonio que ya era dueño y señor de bancos: fueron a parar los dos con sus huesos a la Rotunda al negarse. No fue mucho tiempo el que pasaron entre rejas pero quedaron marcados por la experiencia y resolvieron actuar contra Castro.
Dos días luego de la intervención de la curia, los diplomáticos y hasta del Santísimo que comisionó al Nazareno - en persona - el mismo que mora imperturbable en la iglesia guzmancista de Santa Teresa , y que solo sale de paseo riesgosamente en esos días que lo asesinan, y solo así: es que fueron dejados libres Manuel y a Velutini.
La ocasión ameritaba una reunión de bochinche y la celebraron en casa de Madame Rosa, rodeados de cortesanas - por un lado - que ese día cantaban y danzaban zarzuelas en pololos, y otras en enaguas, dando un espectáculo nostálgico de Can Can como si tal fueren la Belle Otero y por la otra: Manuel Antonio ya era un martir y, entre el espumante y los verbos encendidos, se prendió la chispa política, más aún que la de lujuria que ya hacía rato campeaba.
Lo más nutrido de la oposición estaba en aquel nido de putas caras en el mefitico barrio de El Tartagal donde el brandy corría que daba gusto y se fornicaba en las alfombras a la luz de los candiles: Luciano era el que más hablaba y decía vainas horrorosas de la conducta de Castro con las damas pero su perorata fue interrumpido por Zoilo que corría con los pantalones abajo detrás de una negrita que llegó ayer del El Clavo; Nicolás Rolando le tenía una arrechera visceral a Castro por nombrar jefes civiles sin consultar y además estaba aquello "lo del Resguardo"; Amábile, José María, Pablo y otros mas habían perdido sus prebendas; todo termino al final de la promiscua juerga en levantarse en armas y llevaron al país a la más terrible guerra civil.
Arrechos se alzaban contra los desmanes y arbitrariedades del gobierno, no importaba color o si se era liberal o conservador, y en aquellos tiempos decimonónicos a quien había que joder no eran otros mas que los extraños andinos de Castro, verdaderos extranjeros con ese peculiar acento: el enemigo es gocho, pues.
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| Los Capachos |
Al otro día llego una patrulla de Capachos a las puertas del sitio y arremetió a punta de peinillas y coñazos contra el distinguido y acreditado lupanar llevándose a Madame Rosa que, resulta, no se llamaba así y el expediente contaba que se llamaba María Rodríguez, 52 años de vida y la mayoría de estos puteando, oriunda de el Pilar en el estado Bermúdez. Fue acusada de conspiradora y por agredir la moral cristiana.
Nadie supo más nada de ella.
Así es la historia de nuestro olvidado heroe Chamariapa, el Tigre como le dirán después, y de cómo se había ganado las rayas de felino, le cuento:
Había amanecido, 12 de Abril de 1903, el sol de la mañana secaba con sus tibios rayos el rocío de las plantas, y las cuestas guapeñas dejaban ver grandes manchas de sangre humana.
La batalla llevaba 3 días de dura y sangriento desarrollo a favor del gobierno pues disponía de moderno armamento y municiones le sobraban.
La montonera de General Rolando a lo más disponible era una triste peinilla que junto con un palo de guayaba seco constituían junto con la esperanza de un saqueo o una violación de una blanquita toda su panoplia.
Cuenta la historia fábulada que encontrándose el General Rolando, líder de la revolución Libertadora en Oriente, cercado y rodeado sin tregua y pausa para huir de la eminente derrota - y cagado como estaba por riesgo de perder la vida - y las tropas del General Gómez pisándole los talones, y casi a punto de perder el pellejo, fue rescatado desde su trinchera por la certera lanza de Chamariapa que cabalgaba a galope tendido sobre su brioso caballo Rucio Moro - color de grisáceo a blanco con pelaje de manchas oscuras - de fuerte contextura - y de cabeza recta con pecho ancho - entre el fuego cruzado de cañones y Mauser del gobierno soportando candela pura - balas silvaban y el fuego encendido cerrado no le amedrentaron y más bien arrojo le inspiraba para acabar con el bravo enemigo: logró entre lance y vómitos de sangre dejar a más de 30 cadáveres y heridos tendidos en aquella batalla del Guapo.
El General Rolando se salvó de vaina montado en la grupa del caballo de su salvador y Chamariapa se ganó un fundo de nada menos que de 600 hectareas en Guanipa, como recompensa y pago a su valor.
El General Rolando nunca olvido el día que volvió a nacer y lo consideraba su guardia personal, su mano derecha para sus encomiendas y mensajes en la batalla, y lo preparo de tal forma que le instruyó en lectura y escritura: era su edecan que llevaba los partes de guerra, que hoy leemos.
Cultivo en esos días de edecan una hermosa letra cursiva de fuertes trazos, tan linda que en su despedida de esta vida dejo una petición última, postrera, que revelaba su gusto por la fruta:
"me entierran debajo de la Mata de mango",
la misma de brazos fuertes y frutas dulces que daba sombra a su pequeña casita de bahareque y puertas de madera carcomidos por el sol.
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| Soldados de la revolución Libertadora en el Guapo |
Y se difundió la noticia de que el nieto vendería la pequeña casita de bahareque y puertas de madera carcomidos por el sol y el tiempo, con matas de mango en el patio que daban fresco y verdor en aquélla lontana y árida tierra.
El bello Dominguez oyó que un vecino suyo compraría algo cómo 200 metros y que el nieto había consentido en aceptar la mitad en efectivo y esperar un año por la otra mitad.
“Qué te parece -pensó bello Dominguez - Esa casita se vende, y yo no la puedo comprar.”
Así que decidió hablar con su esposa.
-El vecino está comprando, y nosotros también debemos comprar lo que queda para montar allí nuestro propio negocio; un detal de repuestos o un cambio de aceite. La cosa se vuelve imposible sin tener nada propio con lo que podamos vivir bien.
Mientras esto decia a su mujer, que lo miraba sin inmutarse a causa de la idea loca de su marido, señalaba con la vista al piso de tierra apisonado y a las cuatro silletas de cuero que ampliamente se acomodaban alrededor de una mesa rectangular de patas cortadas a machete de un palo de guataparo; completaba el cuadro de la sala un aripo colocado al centro de la mesa donde reposaban unas llaves sujetas con un guaral a una lata de Pepsi Cola y un bolígrafo exhausto de plàstico.Despues - por añadidura - estaba un socáte que colgaba solitario de un hilo de cable tieso - cagado de moscas - desde el techo de zinc, empalmado con un teipe negro tostado por el calor y sobre el cual se mecia al compás del viento un bombillo para iluminar al aripo.
Se pusieron a pensar y empezaron a echar números de cuánto podrían reunir.
Al principio una gran desilusión pues no había con qué: los reales no se estiraban a pesar del esfuerzo en sumar y agregar vainas. Las cuentas empezaron a darse cuando le echaron cabeza y pensaron en las cosas que mas les costaba desprenderse, la que le habia dedicado tanto trabajo y dedicación.
La casa, si la casa, era lo más valioso y, cuidado, si era lo que más aportaría al proyecto de negocio de el bello Dominguez; más que casa era un rancho a medio terminar, construida emergente sobre una parcela invadida detrás de una cuneta de la carretera vieja hacia Boca e'Tigre y una ceiba, de frondosas raíces buscaban a la casa tenazmente, colmaba el entorno con su sombra; con cuatro paredes de bloque gris sin frisar, un tabique de cartón separaba el cuarto de los padres de aquél de los muchachos y una salita que era el orgullo de la familia componía aquélla modesta casa de techos de zinc.
El techo de zinc lo era todo para la pareja pues, debajo de él, colgaba en el patio el chinchorro de moriche adónde se acudía en los momentos de intimidad, preocupación y se conversaba sobre las cosas de la casa, y, pero, cuando arreciaba un chubasco escuchaban las gotas caer produciendo un melodioso sonido metálico que era el regocijo de ambos y el bello Dominguez aclaraba la garganta con un trago de aguardiente y cantaba un estribillo, después alardeaba, con una amplia sonrisa, diciendo que era el anima de Florentino peleando con el Diablo:
| Negra se le ve la manta, |
negro el caballo también;
bajo el negro pelo’e guama
la cara no se le ve.
Pasa cantando una copla
sin la mirada volver:
—Amigo, por si se atreve,
aguárdeme en Santa Inés,
que yo lo voy a buscar
para cantar con usté.
! Ave Maria, purísima!
La mortificación de la mujer
Y todo para terminar en la calle?
La mujer empezó a dudar del buen juicio de su marido y esa noche el bello Dominguez durmió en la hamaca y ella en el catre.
Cada uno durmió con su pesar como pudo.
El bello Dominguez soño con un próspero negocio abarrotado de mercancía y clientes haciendo cola; y con todo aquel dinero que resolvería la necesidad ingente de tantas cosas que le gustaría tener y que nunca tendría si no le echaba bolas.
La mujer del Bello Domínguez se veia, en cambio. durmiendo en la calle y con los hijos en el brazo caminando con un perolito en la mano pidiendo real igual que las indiecietas kariñas que pululaban en Guanipa al borde de las carreteras vestidas con camisones roidos y mustios.
De madrugada sintió como si alzarán en todos los puntos de la casa un confuso zumbido, como si se hubieran reunido en torno a su casa, y su cama, millares de moscas deseosas de comerse la casa y vio, en su pesadilla, a los hijos despavoridos huyendo de aquél azote. La angustia la despertó súbito, de improviso, temblando con un sudor caliente que le corría en gotas gruesas por la espalda y se fue en llanto inconsolable hasta que sintió a el bello Dominguez que se le acurrucaba en el catre y le tocaba la pierna, sintió la mano bajar y un susurro que le decía: "mi sapito!" .Y mordiéndole el pequeño lóbulo de la oreja que la encendio en fuego abrazador y las gotas gruesas de sudor se olvidaron junto los lamentos ; cerro las piernas para deslizar las pantaletas, después abrió las piernas y sintio el calor del bello Dominguez en su cuerpo.Sus ojos de cerraron y se dejó llevar.Y la lluvia empezó a cantar sobre aquel techo de zinc y escucharon a Florentino pelear con el Diablo...el catre dio dos brincos y una respiración rápida cargada de un vahio húmedo exhaló la madrugada.
"Ya la suerte está echada", se dijo en la mañanita apenas salió el sol - sentenció el bello Dominguez mientras recordaba a Florentino que peliaba con el Diablo - y
se repetía lo mismo como un mantra - Ya la suerte está echada" - hasta que empezó a comer una arepa manchada de margarina para que resbalara suavemente por el guerguero y un huevo frito de relleno iluminó con amarillo el fondo del plato de peltre; completó el desayuno un posillo de café negro humeante, recién colado que lo obligó a vertir dos veces el cafe en un platico para enfriarlo y poderlo beber.
Decidieron vender su humilde casa por unos reales que tampoco llegaban a sumar gran cosa.
Un dinerito ahorrado durante mucho tiempo - a duras penas - como 170 dólares que habían dispuesto para acomodar la casa y echar el piso, quizás - también alcanzaria - para una poceta.
Después, remataron el viejo carro Celebrety por unos 600 dólares ( que más que carro era una carga pues era una llaga) y líquidó - como se pudo - unos repuestos herrumbrosos junto con cachivaches periclitados de medio uso que había alcanzado amontonar en el patio; después al hijo mayor lo colocaron en la bomba del compadre a trabajar y - en la primera oportunidad - al rato con la confianza que le tenían pidieron anticipos sobre el sueldo.
Pidieron prestado el resto a un cuñado y un amigo del compadre les dio unos reales por la sortija de matrimonio de la mujer en empeño, y así juntaron la mitad del dinero de la compra. Después de eso, bello Dominguez , tomo bríos y fue hablar con el nieto que estaba desesperado por billete y decidió echarse al agua - sea lo que Dios, quiera: murmuró mientras caminaba tremulo -y compro la pequeña casita de bahareque y puertas de madera carcomidos por el sol y el tiempo, con matas de mango en el patio que daban fresco. La otra mitad pagadero, según el compromiso, para dentro de un año.
Como pudo arreglo aquélla casita con una pintura blanca, cal blanca sería?, y le coloco unas rayas - dos rayas paralelas y una estrellitas de buena suerte dejo entrever - azules a lo largo del frente para después colgar avisos de aceite Shell, Castrol y bujías Champion, a pesar de que no las tenía aún.
La humilde mesa de su casa paso a ser mostrador y el aripo siguió con su exhausto bolígrafo de plástico dando bríos de prospero negocio.Remato el escenario del incipiente local invocando favores santos: con una estampita de la Virgen de la Candelaria que la coloco en lugar visible, con el tiempo le colocaría una velita encendida, así estaría protegido por la patrona del pueblo.
Llamó a todos los vendedores, complices estos del proyecto del bello Dominguez, que lo conocían desde hace mucho rato, y les pidió mercancía fiada y así se hizo de varias pailas de aceite mineral, unos pocos filtros también de aceite, liquido de freno y unos cuántos accesorios extras y que, más de seguro, se venderían bien por estar cerca de la bomba.
Carro que llegaba, de seguro, el bello Dominguez lo jorungaba, se arrastraba con un cartón por debajo, y lleno de grasa la cara y manos caladas de negro aceite reparaba lo que fuera; cuándo cambiaba el aceite revisaba otros detalles para ofrecer lo que tenía disponible; no había precio para el servicio ni mano de obra que se cobrará: pues su negocio era vender, no otro y la tranquilidad del buen servicio.
Se llamaba el incipiente negocio "La Mata de Mango ", así había colocado el nombre con gruesas letras a brocha gorda de color azul en el portal del patio para honrar la frondosa mata de mango que se distinguía de lejos y servía de referencia rápida, y el negocio arrancó de la nada y poco a poco con el tenaz esfuerzo de Bello Dominguez y su mujer - lo demás lo hizo el tiempo - se convirtió en lugar preferido para los "por puesto" que pululaban enfrente del aeropuerto; nadie se quedaba sin resolver pues lo que no tenía lo buscaba y lo que no encontraba lo ofrecía para el otro día pues contaba con la complicidad de los vendedores que hacían del incipiente negocio su lugar de descanso y reunión antes de arrancar la jornada: café y arepitas fritas dulce amasadas con anis siempre había pa'todos e hicieron de aquél negocio incipiente algo como el propio nido al que había que cuidar y consentir.Asi de está manera nunca faltó nada de lo buscado y ofrecido a los clientes que complacidos, todos, llenaban y traían más conocidos taxistas que acampaban debajo de la mata de mango con sus arepitas fritas con queso y anis.
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Así que ahora el bello Dominguez tenía su propio negocio. Al cabo de un año de rudo pergeñar había logrado saldar sus deudas con el nieto y su cuñado.El anillo de matrimonio empeñado se perdió con el tiempo, pero juro comprar uno más lindo y más pesado de oro más amarillo.
Así se convirtió en comerciante, y compraba y vendía que daba gusto, y primero acomodó el lugar con un ventilador, y después vino el aire acondicionado; y empotró un largo mostrador de madera cubierto con una goma negra a lo largo y ancho del incipiente negocio para que los clientes pusieran las muestras de lo que necesitaba.
Amplia exhibición colgaba de las paredes pendidos de alambre de encofrar, retorcidos reiteradamente, y cubrían por encima del mostrador rejas repletas con gomas para tripoides sujetas con tirrak, con ésto y aquéllo: como estoperas y diafragmas; desde bombillos hasta sensores pasando por prestar la llaves y alicates; que todos veían a su placer y sabian todos que lo había y no se irían sin resolver.
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Cuándo salía a la puerta del negocio el corazón se le llenaba de alegría. Los carros ya no tenían lugar de tantos que llegaban al terraplen y le parecía su negocio tan diferente al de las de otras partes. Antes, cuándo cruzaba por delante de la casita de bahareque, le parecía igual a cualquier otra, pero ahora le parecía muy distinta: "La Mata de Mango" era próspera y empezó a llamarse coloquialmente "La Mata ", cuándo se referían con cariño al lugar donde hay lo que se busca.
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Un día el bello Dominguez estaba atendiendo en el largo mostrador, tapizado con la goma negra, cuándo un viajero se detuvo en la puerta del negocio ofreciendo cosas como pilas de gasolina y fusibles.Bello Dominguez le saludó afablemente y le convido a tomarse un café, humeante que inundó el sitio con su aroma , y le acompaño con una arepa dulce frita amasada de queso y anís; El bello Dominguez le preguntó de dónde venía?: y el viajero respondió que venía de Barcelona, de un sitio llamado Barrio Sucre dónde había estado trabajando, las ventas y cobros: supimos entender.
Una palabra llevó a la otra, y el hombre comentó que había buenos negocios y que la calle se llenaba todos los días de gente comprando y buscando repuestos, un bululú pues, y que no se daban abasto los comerciante pues los clientes llegaban de todas partes allende del tiempo y la distancia: Maturín, Puerto Ordaz, de Cumaná y en fin que aquéllo estaba faltó de gente emprendedora que supiera llevar bien el negocio para, que en poco tiempo,hacerse muy rico.
Comentó, para darle casquillo, que un boxeador, mutado en mecánico, de El Tigre había trabajado duro sólo con sus manos, y ahora tenía 2 negocios.
El corazón del bello Dominguez se colmó de anhelo.
“¿Por qué he de sufrir en este hueco -pensó- si se trabaja tan bien en otras partes? Venderé mi negocio y mi casa, y con el dinero comenzaré allá de nuevo y tendré todo mejor y más grande”.
El bello Dominguez vendió su negocio, su casa y su mata de mango, con buenas ganancias, y se mudó con su familia al Barrio Sucre, en la próspera y rica Barcelona. Todo lo que había dicho el viajero era cierto, y Bello Dominguez estaba en mucha mejor posición que antes.Arrendo un local con buena ubicación, y pudo tener más mercancía y depósitos tan grandes como algún día pudo desear en su nimia vida.
Al principio, en el ajetreo de la mudanza y la consolidación de la vaina, bello Dominguez se sentía complacido, pero cuando se habituó comenzó a pensar que tampoco aquí estaba satisfecho. Quería vender más repuestos, más y de todo, ser más grande pero no tenía local suficiente para ello, así que arrendó otro local contiguo - más amplio y cómodo - por tres años. Fueron buenas ventas y hubo buenas ganancias, así que Julián Segundo ahorró dinero que pronto se convertía en más mercancia.
Podría haber seguido viviendo cómodamente, pero se cansó de arrendar locales ajenos todos los años, y de sufrir privaciones para ahorrar el dinero y pagar, y pagar siempre, deudas y fiados.
“Si todas estos locales fueran míos -pensó-, sería independiente y no sufriría estas incomodidades de tener que pagar tanto en arriendo.”
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Con la idea, entre ceja y ceja, más lo necio y perseverante que era por naturaleza, de comprar el local que tenía arrendado en Barrio Sucre se trazó una estrategia.
Se hizo amigo entrañable del dueño,lo lisonjo por demás, lo consentía y le adulaba en extremo y no había nada que Bello Dominguez hiciera por mantenerlo contento.
Así las vainas......
Aprovecho un viernes, último de mes, para reunirse con él en el restaurant Danubio Azul, en la esquina de la calle Sucre que daba a la calle Guayaquil. Comieron pollo guisado, guisantes y papas, arroz acompañados de plátanos fritos. Quedaron satisfechos, celebrando estaban y la alegria que comenzó en la tripa subio para la cabeza. Ya empezaba a oscurecer la tarde, otorgando complicidad a Bello Dominguez, cuando pidieron dos cervezas y sonaba un bolero pegajoso de Julio Jaramillo: de esos de amor no correspondido. La ocasión pedía a gritos cerveza, más aun. Un trago más y otro,después otro siguiente, y abrazados como estaban y riéndose de las vainas Bello Dominguez le tiró la oferta encubierta con un reto.
- Tu no estás para estos trotes- le dijo con voz de pendejo humilde y continuó con estas palabras: "Tus años, bien vividos, merecen que disfrutes la vida , que te queda si no es vivir sin prisa"
Pausadamente y taimadamente volvió a la carga: " tu no estás para estos trotes - con los reales que puedas hacer vendiendo los locales.Vive, vive"
Brindo por la vida - grito seguidamente en acto compulsivo, bello Dominguez - y levanto la cerveza por encima del codo para subirla después hasta mas arriba de la cabeza y la vacío de un solo trago en aquel gaznate, haciendo alarde de seguridad plena .
En dos meses se hizo de los locales y durante esos 60 largos días toda la venta y cobranza efectuada fue a parar a la inicial de la compra de los locales, lo demás lo cancelo en 24 cómodas cuotas al Banco Unión, y los proveedores se aguantaron la arrechera que pasaron por no cobrar un mísero Bolivar.
El bello Dominguez se las sabía todas, quedó rayado por un tiempo pero el negocio marchó sin pena y ni gloria.
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Un día un vendedor de bienes raíces que pasaba buscando un repuesto le comentó que acababa de regresar de Caracas, dónde había negociado seiscientos metros de galpón por poco dinero en el mejor sitio de repuestos en Caracas, negociado el crédito, y que sólo es acercarse y ablandar al vendedor del local que quieres con dinero, con plata, pedir el crédito al banco y trabajar duro.
-Sólo debes hacerte amigo de la gente del banco -dijo- Yo regalé unos cauchos a uno y , a otro, una batería , además de una caja de whisky , y otra de vino a quienes lo bebían, y obtuve el crédito por una bicoca.
“Vaya - pensó bello Dominguez - así puedo hacer diez veces más grande el negocio de lo que poseo. Debo probar suerte."
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Después de recorrer las zonas de repuestos de Caracas, con todo entusiasmo buscando como abrirse con su proyecto de local propio pero solo encontró terrenos baldíos llenos de basura y escombros- cercados con parapetos - o casas viejas derruidas que servían a indigentes y hediondo a loco por la acumulacion de excretas como morada de pernocta de desesperados mendigos y que con cierto esfuerzo podría negociar a un buen precio pues parecían abandonadas y el dueño aceptaría librarse de aquélla penuria.
Decidiose por un terreno entre las esquinas de Gordo a Coliseo junto con la casita de adobe coronada con el antiguo techo de caña brava y, eso quedaba, en plena entraña de aquél sector repuestero que era Quinta Crespo, en Caracas, la de aquellos días.
En su imaginación veía aquello como una película a todo color pasar como un ensueño que pronto seria tan real: se imaginaba derrumbando casa viejas, cemento y cabillas pasar, puertas Santamaría abrirse y cerrar , y no le quitaba el ojo a decenas de estantes futuros repletas de mercancía y, en su delirio, veía un mostrador - como nunca - pero tan real que era " de granito azul oscuro con bordes ribeteados de rojo carmesi"; escuchaba ya: las caja registradora sonando y contando real; los dependientes en ir y venir con repuestos de todo tipo para cualquier carro y él desde arriba - en su oficina elegante de paños y alfombras - en su acomodada y fina silla ejecutiva observando todo con cámaras vigilantes.
No podía cerrar los ojos sin que se repitiera el mismo sueño, día tras día, y que de a poco se fue transformando en obsesión perturbadora de su ánimo que se exacerba con cada fantasía onirica.
Tanto soñaba que se paraba a medio dormir, de madrugada, desvelabase hasta demacrarse durante semanas, para sentirse como acomodando el estante o arrimar cajas para allá y aca, daba instrucciones y reacomodaba todo poniendo aquello justo en el estante que debía estar; luego se recostaba en su silla fina ejecutiva a todo lo largo y se complacía tanto que lloraba de gozo y gusto, temblaba de los nervios de la impaciencia de realizar todo aquello, no veía el dia: solo así podía conciliar nuevamente el sueño una vez arreglada la fantasía que le preocupaba.
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